sábado, 3 de marzo de 2018

Auditoría al desempeño gubernamental.


Auditoría al desempeño gubernamental.

Los fundamentos teóricos de la auditoría de desempeño, aún sin concebirla propiamente, comenzaron a gestarse con el “principio de especialización y control del trabajo” referido en la Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones de Adam Smith en 1776[1]; la introducción de los procedimientos de operación, salarios, incentivos y auditorías para mejorar los métodos, evitar las pérdidas y aumentar la eficiencia y rentabilidad de la producción industrial de James Watt y Matthew Boulton en 1775; y la teoría de la fuente de autoridad, el impacto de la automatización y la diferenciación entre gerentes y trabajadores de James Stuart en 1780.

Destacan también los principios de estudios de tiempos y movimientos, la división del trabajo, la contabilidad de costos, el efecto de los colores sobre la eficiencia y el estudio de localización de la planta de Charles Babbage, On the economy of machinery and manufactures (1832), a quien se le reconoce como el pionero en el desarrollo de la primera computadora digital; y por supuesto los Principios de la Administración Científica (1911) de Frederick Taylor[2], originarios del “proceso administrativo”, al definir “una manera óptima de realizar cualquier trabajo”, con lo que se cerró el ciclo de la primera escuela de la administración. Esta escuela, pese que se pueda suponer “pseudocientífica”[3], consagró los pricipios de economía y eficiencia que son características de las auditorías de desempeño.

M. Parker Follet aportó aspectos muy valiosos entre los que destacan los primeros enfoques de sistemas y de contingencias (“Ley de la situación”), al grupo, la coordinación y la armonía entre individuo y organización (“administración participativa”) y, particularmente, su estudio sobre “El modo de dar órdenes”, donde destaca que los papeles del superior y del subordinado “menoscaban la productividad de la organización”[4]. ¡Loa al pensamiento femenino en la administración!

Ello es, en un sentido amplio, la valoración integral, del todo y de sus partes, incluyendo especialmente el perfil y la conducta de las personas, de aquellos quienes dirigen las organizaciones y quienes ejecutan las políticas, programas, funciones y servicios públicos. Desde entonces, se trataba también lo subyacente a quienes dirigen y toman las decisiones, el capital humano, sin duda el elemento esencial de la evaluación en toda organización más allá de los recursos tecnológicos, financieros o materiales, en cuyas capacidades, aptitudes y actitudes radica el éxito o el fracaso del sistema auditado, esto es, las cualidades o problemas individuales que contribuyen, o dificultan, el logro de los propósitos (Argyris: 1973).

Marvin Bower, un administrador quien fundó la oficina de McKinsey & Company en Nueva York (1933),”[5], se refirió por primera vez a la "auditoría administrativa", concebida como "una evaluación de una empresa en todos sus aspectos, a la luz de su ambiente presente y futuro probable". Más recientemente, B. Franklin (2007), define que “una auditoría administrativa es la revisión analítica total o parcial de una organización con el propósito de conocer su nivel de desempeño y perfilar oportunidades de mejora para innovar valor y crear una ventaja competitiva sustentable”. Entre sus objetivos, destaca, “evaluar el comportamiento organizacional en relación con estándares de productividad, calidad, organización y servicio para optimizar el aprovechamiento de los recursos; definir la estructura, vincular cuantitativa y cualitativamente las acciones con las expectativas y satisfacción de los clientes; y elevar los niveles de actuación de la organización en todos sus contenidos y ámbitos, para que produzca bienes y servicios altamente competitivos”[6].

Como se aprecia, la integralidad y la prospectiva de la administración, transformaba radicalmente el enfoque puramente contable de la auditoría hasta entonces. La organización se hizo presente en este tipo de evaluaciones, de tal manera que en 1945 Lyndal Urwick, retomando a M. Parker F. en The Elements of Business Administration, reafirmó “la importancia del control para estimular la productividad de la organización”[7] y, en 1948, Arthur Kent, sostuvo que “la revisión de una organización puede realizarse analizando sus funciones”[8]. Es decir, se agregó a la auditoría el concepto de productividad como detonante, al tiempo que se abrían las posibilidades de revisión de las organizaciones y con ello las oportunidades para la administración pública con el ¡boom! de la segunda guerra mundial.

Kurt Lewin (1951)[9], propuso un modelo general de cambio, muy útil en la gestión del desempeño, que no solo se convirtió en el marco conceptual para el desarrollo de organizaciones que consiste en tres fases, "descongelar, cambiar y recongelar" (esto es, descongelar el patrón actual de comportamiento, cambiar y desarrollar uno nuevo, y volver a recongelarlo), sino que sustentó a la que más tarde se conoció como “reingeniería de procesos” que propusieran Hammer y Champy en 1993. 

El cambio planeado de Lewin, aunque parece sencillo, es quizá lo más difícil (incluso hay abundante teoría respecto al cambio en las organizaciones)[10], ya que consiste en reconocer la necesidad de transformar no solo las formas de gestión sino la cultura de las organizaciones públicas, algo que sin duda representa uno de los principales desafíos a los que se enfrenta la auditoría de desempeño en México. Y es difícil, quizá, porque está relacionado no solo con procedimientos y esquemas de control tradicionales muchas veces arraigados, sino con los elementos más importantes, pero al mismo tiempo más impredecibles de las organizaciones: las personas. Esto es, cuando quien tiene la autoridad y las decisiones, frente a los resultados de la evaluación, incluso siendo recomendaciones propositivas y no solo observaciones de irregularidades, reacciona defensiva o negativamente al cambio.

La reacción defensiva, o incluso agresiva, al cambio planeado es la negación de la innovación y la optimización. Sin embargo, diversos estudios sociológico-administrativos respecto a la negación, el no consentimiento y la confrontación al cambio organizacional, han demostrado que se trata de un fenómeno psicológico bajo el cual los seres humanos prejuzgan incompatible todo aquello que los sacude o mueve de su inercia al statu quo y que es compatible con la organización pero no con sus perspectivas y objetivos personales. La respuesta para tal inercia-resistencia, se desprendió de las escuelas de la administración centradas en el “neo-humano relacionismo” y el “comportamiento organizacional (Behaviorismo)”, particularmente.

En ese sentido, Amitai Etzioni[11], al distinguir dos modelos, “de supervivencia y de eficiencia”, destacó la importancia de la motivación, como un mecanismo práctico para contrarrestar “la completa separación entre lo que es propio al funcionario y lo que es propiedad de la organización”, sin duda una herramienta efectiva para incentivar y estimular la resiliencia y contrarrestar la inercia-resistencia que es común en todo proceso de cambio. Al respecto, destaca también la importancia de la “persuasión” en los procesos de liderazgo dentro de las organizaciones que aportara Chester Barnard (1938), entre sus “teorías de la cooperación, de organización informal y de aceptación de la autoridad”[12], cuando propuso que, para ser eficiente y sobrevivir, una organización necesita mantener “equilibrio entre sus metas y los propósitos de sus empleados”. Esto lo confirmó Abraham Maslow[13], en su Motivación y personalidad (1991), al sugerir que “las satisfacciones o frustraciones de los individuos en las organizaciones, dependen del grado de realización de sus necesidades fisiológicas, de seguridad y sociales”.

Lo anterior, entre muchas otras aportaciones, nos lleva a reconocer que la auditoría de desempeño no se puede concebir sin reconocer que las instituciones públicas son sin duda “sistemas abiertos” (Katz y Kahan: 1966)[14] que no están exentos de “situaciones contingentes” (Lawrence y Lorsch, 1987)[15] en donde existe el imperativo ambiental que obliga a que las estructuras orgánicas respondan no solo a las necesidades y comportamientos de personal, recursos y tecnología internas, sino también a las demandas y exigencias sociales de más y mejores servicios públicos.

En ese sentido, Cumming y Worley (2009), en su Cambio y desarrollo organizacional[16], han confirmado que “las transformaciones implican la remodelación de elementos de diseño de la organización y de la cultura”, es decir no solo tienen que ver con la redefinición de la estructura y el organigrama, sino implica nuevas luces y perspectivas, formas de ver y operar distintas, que lleven consigo la innovación en la gestión. De ahí que, se concibe, las auditorías de desempeño por su alcance orientado a la integralidad y su enfoque a la productividad (Vacca, 2014), deben verse como un proceso de evaluación e implementación cíclico que una vez iniciado no debe quedarse en el simple señalamiento y la recomendación, sino mantener el seguimiento, fortalecer el acompañamiento y fomentar su ejecución hasta lograr el desarrollo y la optimización.

Y, cómo lograr “la efectividad” que se busca con las auditorias de gestión gubernamental si no es evaluando la satisfacción de los destinatarios, más no de clientes, la sociedad como el reflejo de nuestras propias aspiraciones públicas. Ello es, evaluando el impacto y la forma en que se reciben los servicios públicos, buscando que éstos se brinden bajo condiciones de productividad. La efectividad, incluso como “principio del derecho internacional”, reconoce que “la Constitución de un Estado es válida solo si el orden jurídico establecido sobre las bases de ésta es en general eficaz”[17], esto es, que las expectativas normativas se cumplan. La efectividad, como “teoría del liderazgo en las organizaciones” (Rodriguez: 2004)[18], postula que para que esta se realice “es necesario que los resultados, vistos como productos o servicios de las instituciones públicas, se ajuste a las demandas del sistema al que está dirigido”, es decir, bajo criterios de calidad también.

Al respecto, Deming (1982) señaló que “la calidad solo puede definirse en función del sujeto quien juzga la calidad”[19]. Entre sus 14 principios, en lo general sostiene que “la ineficiencia en una organización de servicios, como en la fabricación, incrementa el costo, eleva los precios y disminuye el estándar de vida de los usuarios”. De hecho, los teóricos de la calidad (Deming, Juran, Crosby) en general coincidieron en lo que se conoce como Total Quality Management[20], la “Gestión de la calidad Total”, un principio que junto con la teoría del “cambio planeado” de Lewin, más tarde retomaron, Hammer y Champy, en su Reingeniería (1994), al sugerir técnica y prácticamente un cambio radical, esto es, “reinventar para hacer frente a las demandas contemporáneas de calidad, servicio, flexibilidad y bajo costo”[21].

Como se aprecia se trata de visiones que contrastan pero que al final giran sobre el mismo propósito, optimizar las organizaciones (Gronlund et al: 2011). Por un lado, se asume revisar, dividir y sistematizar los procesos con un nivel de detalle que llega hasta las tareas más simples y básicas en el nivel departamental (calidad total) y por el otro, de “reinventar”, refundar o reconstruir, en su caso, las actividades en procesos integrales bajo especialización de funciones racionales. Sin embargo, lo importante es que ello depende al final de la situación que se somete al estudio, sin duda algunas veces impliquen cambios radicales de diseño y de desempeño, pero también otras de mantenimiento y fortalecimiento, según lo demande el objeto o sujeto de evaluación.

Si bien muchas veces es común encontrarse con políticas, programas u organizaciones cuya auditoría desprende recursos estructuras, funciones y procesos redundantes, repeticiones administrativas o incluso que son completamente injustificadas, muchas otras necesitan crearse, enriquecerse o ampliarse, pues presentan problemas incluso desconocidos por los propios directivos, que pueden ir desde la definición normativa, pasando por la planeación, el diseño organizacional, la carencia de recursos, incapacidades o debilidades de personal (Troupin: 2012). Más aún y con mayor razón en la administración pública, por tratarse de la propia soberanía que es el pueblo, se deben privilegiar los bienes y servicios públicos bajo exigencias sociales, altamente estratégicas más allá de criterios de rentabilidad, precisamente porque muchas veces implican subsidios que se destinan a prioridades sociales.

 De ahí, que se recurra también a la evaluación de las mejores prácticas, o el estudio comparado de la administración, que provee el Benchmarking concebido como un “proceso para evaluar los productos, servicios y métodos de trabajo de las organizaciones reconocidas como representantes de las mejores prácticas” (Spendolini: 2005)[22]. Echar un vistazo a organizaciones y procedimientos similares en el ambiente nacional o internacional, sin duda provee una referencia que permite sopesar en qué lugar se encuentra el sistema en estudio. Sin embargo, ello no significa copy and paste y la simple imitación, sino contar con referentes que permitan “realizar mejoras organizacionales”, ya que está claro que tratándose del Estado-gobierno, las características sociales, geopolíticas, jurídicas, económicas y administrativas implican una perspectiva apropiada a culturas, valores y costumbres que es importante dimensionar y considerar también (Barzelay: 1997).

Por supuesto, no se pueden pasar por alto las aportaciones de la evaluación de políticas públicas, la nueva gestión pública y la gobernanza pública, las doctrinas de la administración pública contemporánea, las cuales, independientemente de que se han visto como prácticas que promueven el “buen gobierno”, conviene aquí destacar algunos otros fundamentos teóricos por sí muy útiles en las auditorías de desempeño. Por ejemplo, en el análisis y evaluación de políticas públicas, o de programas y proyectos públicos, como una necesidad de apoyar y fortalecer la toma de decisiones gubernamental, al reconocer que muchos programas pueden funcionar conforme a lo demandado por la sociedad, siempre que se examinen previamente en términos del “costo beneficio, “viabilidad y sustentabilidad de proyectos” (Lonsdale: 2013), que se planee y dimensione perfectamente su instrumentación y, que se realice un acompañamiento y seguimiento cercano durante todo el proceso hasta su completa implementación, a fin de garantizar que tengan un efecto positivo. No obstante, ello no significa tratar solo de maximizar recursos en términos de eficiencia-gasto o del valor presente neto visto como utilidad, sino de anteponer, también, la noción de valores éticos en términos de la responsabilidad, equidad y justicia social distributiva.

Por su parte, en la Nueva Gestión Pública (NGP), considerada por Hood y Jackson[23], como “una filosofía administrativa” al igual que el Cameralismo del siglo XVIII, con la que la contrastan, destacan algunas características. En general, se asume que la NGP enfatiza más en los costos que en las políticas y en evitar los desperdicios y la falta de eficiencia, rasgos típicos de la auditoría de desempeño (Leeuw: 1996); que se percibe un tránsito de la concentración a la descentralización, de la consolidación contable al presupuesto detallado; del bienestar que brinda el servicio público a la disciplina laboral; del proceso al control de responsabilidades (métodos de medición de desempeño y eficiencia); y de la provisión a la producción en la política pública. Incluso destacan algunas semejanzas y diferencias:

 

ALGUNAS SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS ENTRE EL CAMERALISMO Y LA NUEVA GESTIÓN PÚBLICA
Semejanzas
Diferencias
1.        Tecnología administrativa como clave para administración estatal eficaz.
2.        La ejecución debe separarse de las altas políticas.
3.        Austeridad como disciplina administrativa y la importancia del sistema financiero del Estado.
4.        Preferencia por evitar la administración estatal directa en determinados servicios.
5.        Naturaleza jerárquica en la práctica.
6.        Ausencia de cuestionamiento del orden social y político en que opera la administración pública.
1.        En la NGP el control es de un solo jefe, mientras que el Cameralismo utiliza formas colegiadas en los niveles más altos.
2.        En la NGP se otorgan facultades a los administradores, mientras que en el Cameralismo se toman decisiones por reglas.
3.        En la NGP se limita la duración de los directivos en el cargo y la remuneración es vinculada al desempeño, mientras que en el Cameralismo se favorecía la permanencia y los sueldos fijos.
4.        En la NGP se privilegia la descentralización del control y en el Cameralismo su concentración.
FUENTE: Con base a  La argumentación Administrativa de Hood y Jackson.

 

Como se aprecia, la NGP se distingue por las formas de dirección “unipersonal”, de un solo jefe, en contraste con las “colegiadas” en los niveles más altos; por el esquema de facultades en oposición a la reglamentación de las decisiones de los administradores; por los periodos de duración en los cargos y la remuneración vinculada al desempeño, contra la que favorece la permanencia y los sueldos fijos. Sin embargo, hay algunas coincidencias destacando, entre éstas, el enfoque a la tecnología como elemento clave para la eficacia; la separación de la ejecución de la esfera política; la austeridad como disciplina; la importancia del sistema financiero del Estado; y la naturaleza jerárquica y centralista en la práctica.

Por supuesto aquí, queda clara, quizá como la característica principal, la visión de la eficiencia en los costos, esto es, en el cómo y no solo en el que, como resultado de los programas o políticas. Sin embargo, la riqueza se desprende de los intersticios, contrastes y diferencias, entre ambas doctrinas. El primero, es la dirección colegiada que aporta un valor agregado en términos de objetividad a las instituciones; el segundo,  entre la concentración y la descentralización, lo que permite entrever que en los estados federados no se trata de descentralizar todo per se, sino delegar la responsabilidad de la operación manteniendo la información y la evaluación centralizados para no perder nunca el control (un esquema que siguen Alemania el Reino Unido y los Estados Unidos, por ejemplo); el tercero, la distinción y delimitación entre administración (eje; y el cuarto, la reglamentación de las decisiones de los administradores, lo que encarna el control de una abierta discrecionalidad sobre funciones específicas de alto riesgo como son las contrataciones y adquisiciones de obras, bienes y servicios públicos, por ejemplo.

 Es así que se tiende a contar con un sistema financiero, contable y presupuestario por centros de costos, descentralizado pero homologado, bajo un formato y flujo de operación únicos para todos los niveles de gobierno, esto es, desde el nivel subnacional o local, -municipal-estatal-federal-, hasta el nivel nacional, que permita conocer la información consolidada y, en su caso, disponer decisiones en línea, en tiempo real y al día-día de las operaciones[24]. Todo ello, sumado a las formas de control centralizado, la regulación de las decisiones, la dirección colegiada y la remuneración vinculada al desempeño, sin duda puede ayudar mucho a contrarrestar la subjetividad y discrecionalidad de la autoridad, pero sobre todo a optimizar la gestión del gobierno.

Ahora bien, la gobernanza pública reconoce en la evaluación la participación social (Pontones et al: 2014) como una responsabilidad no sólo de transparentar la información y rendir cuentas, sino como una contraloría social donde, más que la simple queja o la denuncia, se obtiene la aportación propositiva de los auditados y la validación de la sociedad civil sobre la acción de gobierno (Arthur et al: 2012). La Contraloría Social, pese que se afirma como una función fiscalizadora de la sociedad civil[25], en la práctica institucional corre el riesgo de convertirse en un buzón de quejas y denuncias sin control ni sistematización alguna, lamentablemente muchas veces mal implementadas, desaprovechadas, desatendidas o sujetas a la discrecionalidad[26]. Sin embargo, en una adecuada concepción organizacional, es una forma de generar confianza y alianza entre la sociedad civil y el sector público, para ganar productividad. Es así, que el enfoque de la evaluación involucra la participación ciudadana para construir propuestas y atender problemas o necesidades (Mayntz: 1998)[27].

Sin embargo, ello no significa integrar consejos o comités ciudadanos ad hoc al gobierno o poner per se en manos de las ONG la sensibilidad, las demandas y las decisiones de la sociedad en todo su conjunto, sino propiciar una verdadera participación y organización civil inclusiva, responsable y continental que involucre en las acciones y decisiones públicas a todos y cada uno de los individuos en todos y cada uno de los estratos sociales. Los derechos humanos implican el reconocimiento del individuo, del otro, en tanto ser público. Por ello, lo público, lo que es de interés e involucra a todos en cada comunidad, más que un acto volitivo o generoso, amerita corresponsabilidad (Morin: 2014).

En suma, es necesario reconocer que las herramientas de la racionalidad administrativa a lo largo del tiempo han aportado mucho al conocimiento y práctica de la auditoría de desempeño gubernamental. Están ahí y pueden ayudar mucho al cambio planeado, la definición de indicadores y orientar el diseño e implementación de las estructuras, recursos, políticas, programas y funciones públicas a los segmentos estratégicos, sectores y servicios prioritarios donde los esfuerzos invertidos pueden retribuir más satisfacciones sociales.

Se trata de una herramienta no solo de control per se, sino de monitoreo y valoración de amplio alcance, pues sus enfoques van más allá de los criterios éticos o principios de integridad (independencia, legalidad, honestidad, transparencia imparcialidad y confiabilidad), al agregar “condiciones de productividad” (economía, eficiencia, eficacia, efectividad e incluso de calidad) necesarias para medir el sector público (Bruce: 2011).

Estas condiciones de productividad, sin embargo, no refieren a la “economía” como la simple comprobación del presupuesto aprobado contra el ejercido en un programa específico, sino su evaluación en términos de costo beneficio (Barret: 2011), lo que significa relacionar el gasto respecto otras dimensiones comparativas, así como respecto a otras posibilidades o alternativas de optimización de recursos. No resulta económicamente racional destinar tantos o más recursos a funciones adjetivas, de apoyo o administrativas, como a las sustantivas, aquellas que tienen un impacto en los propósitos y objetivos gubernamentales. Siempre será más productivo invertir en actividades primarias, infraestructura y servicios básicos (agua, alimentación, salud, educación, medio ambiente, comunicaciones…) que gastar en actividades secundarias (defensa, seguridad, hacienda, difusión…).

Del mismo modo, la “eficiencia” (Vacca: 2014) no significa simplemente rebasar un determinado porcentaje respecto a lo programado, proponerse 100 y realizar 111 y así sucesivamente cada año, sino sustentar la programación y determinar la verdadera capacidad de realización. La capacidad de una estructura se estima que puede producir 100, pero el nivel profesional de la dirección y de la autoridad la puede llevar a generar 200.  Si se trata de producir más con los mismos recursos, no resulta racional tener un número desproporcionado de mandos respecto a las fuerzas de operación enfocadas a las tareas básicas, por ejemplo.

La efectividad (Taro et al: 2015), por su parte, no radica solo en la ponderación estadística de la percepción ciudadana respecto a determinada acción pública, sino en las consecuencias, repercusiones e impacto que esta tiene en los hechos. No resulta efectivo que la proporción del gasto corriente destinada al costo de la estructura del gobierno sea cercana o igual a la inversión que se destina a los contribuyentes por medio de infraestructura pública o desarrollo social.  Tampoco lo es destinar toda una estructura, o un puesto, a determinada función, proceso o política gubernamental de manera excesivamente especializada, cuando aprovechando la inversión esta puede retribuir más si transforma su alcance para absorber y abarcar todas aquellas que correspondan a su misma naturaleza de operación.

La calidad (Tillema et al: 2010), que se espera de la administración y del destino de los recursos públicos tiene que ver más con invertir que con gastar. Subsidiar un sector, estructura o actividad determinada no significa sufragarla, mantenerla e incluso empobrecerla por siempre, sino proveer las condiciones técnicas y físicas necesarias e indispensables para incentivar su productividad y autosuficiencia económica. Los sectores desprotegidos de la población más que “cruzadas contra el hambre” y “fuerzas de seguridad” necesitan infraestructura inclusiva, agua, pozos, presas, electricidad, caminos, puentes, tecnologías e insumos agroalimentarios, hospitales, escuelas y centros de desarrollo social, deportivo y cultural.

Frente a la escasez y limitación de los recursos económicos y naturales, de ningún modo se justifica su dispendio, sea éste por corrupción, indolencia o ineficiencia en la acción pública. Sobre todo, ahora cuando las tecnologías y herramientas de la administración pública están ahí para economizar, ahorrar, potenciar y optimizar los recursos. No es casual que, en muchas investigaciones contemporáneas, cada vez más se refieran a la auditoría de gestión o de desempeño como value for money audit.

Ello es, porque va más allá de “los programas”, pues comprende además las políticas públicas, la organización, las funciones, los procesos, los sistemas administrativos y los servicios. Más allá de “los fines y resultados”, al abarcar también a los medios necesarios para alcanzar los propósitos institucionales (la información, los recursos financieros, el capital humano, la infraestructura física y tecnológica). Y más allá de la eficacia, o del “cumplimiento de los objetivos contenidos en los programas”, al acompañar, orientar y encausar a los sujetos y objetos evaluados hacia el progreso permanente, lo que implica, en un sentido amplio, impulsar la innovación, el desarrollo y la optimización mediante un seguimiento consultivo que facilite el diseño y la implementación en el campo mismo de las operaciones.

 



[1] Smith, Adam, Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, Editorial: Tecnos, Año publicación: 2009 (1776), Temas: Economía
[2] Taylor, Frederick W., Principios de la Administración Científica/Henry Fayol, Administración Industrial y General, Herrero Hermanos, México, 1961, p. 16.
[3] Martínez, Silva Mario Estudio Introductorio en Clásicos de Administración Pública, FCE, 1999, p.55-57
[4] Parker, Follett Mary, (1868-1933) publicó The Speaker of the House of Representatives (1896); The New State (1918); Creative Experience (1924); y Dynamic Administration (1942) The Collected Papers of Mary Parker Follett publicada póstumamente. Por Henry C. Metcalf y L. Urwick. El modo de dar órdenes (1926), es un ensayo disponible en Clásicos de la Administración Pública, FCE, México, 1999, pp 141-155.
[5] James O. McKinsey, considerado el padre de la “contabilidad gerencial” y fundador de la firma internacional de consultoría de gestión, que lleva el apellido. Su éxito, sin embargo, fue precisamente, incorporar el enfoque de la administración de Bower.
[6] Franklin, Benjamín Enrique, Auditoría Administrativa. Gestión estratégica del cambio, Ed. 2ª. Pearson Educación, México 2007, p.11 y 12.
[7] Véase Dynamic Administration: The Collected Papers of Mary Parker Follett, Nueva York, Harper y Urwik. (comps.). Cita en en Clásicos de la Administración Pública, FCE, México, 1999, p. 64
[8] Ibídem, citado por Franklin, Benjamín Enrique, p. 6
[9] Lewin, Kurt, Frontiers in Group Dynamics, en Human Relations 1, 1947, pp. 5-41.
[10] Se sugiere la obra de Cumming y Worley, Cambio y desarrollo organizacional 2009, referida más adelante
[11] Etzioni, Amitai, Organizaciones 'modernas, UTEHA, México, 1979, pp. 61-69.
[12] Barnard, Chester, The Functions of the Executive, Cambridge, Mass., Harvard Uníversity Press, 1938. El único otro libro de Barnard fue Organization and Management: Selected Papers, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1948. Citado en Clásicos de la Administración Pública, FCE, México, 1999, p. 160
[13] Maslow, Abraham, "La jerarquía de las necesidades", en su artículo "Teoría de la motivación humana", en la Psychological Review. Washington, D.C. 1943.
[14]Íbidem Katz, D. y Kahn R., Las organizaciones y el concepto de sistemas, (1966), FCE, México, 1999, p. 423
[15] Lawrence P. and Lorsch J., Organization and Environment (Cambridge: Harvard University Press, 1967).
[16] Cummings, Thomas G. & Worley Christopher G., Organization Development & Change, 9th Edition 2009, South-Western, a part of Cengage Learning. Mason, OH, USA, p.188
[17] Kelsen, Hans, Teoría General del Derecho y del Estado, UNAM, México 1995. P. 143
[18] Rodríguez, Fernández Andrés, (Coord...) Psicología de las Organizaciones, Ed. UOC, España 2004, p-204
[19] Deming, W. Edwards, Calidad, productividad y competitividad. La salida de la crisis (1982). Ed. Díaz de Santos, España 1986, p. 132.
[20] Sobre Total Quality Management: Deming, W., Quality, Productivity, and Competitive Advantage (Cambridge: MIT Center for Advanced Engineering Study, 1982); W. Deming, Out of the Crisis (Cambridge: MIT Press, 1986); J. Juran, Quality Control Handbook, 3d ed. (New York: McGraw-Hill, 1974); J. Juran, Juran on the Leadership for Quality: An Executive Handbook (New York: Free Press, 1989); P. Crosby, Quality Is Free (New York: McGraw- Hill, 1979); P. Crosby, Quality Without Tears (New York: McGraw-Hill, 1984).
[21]Hammer, Michael y Champy, James, Reingeniería. Olvide lo que usted sabe sobre cómo debe funcionar una empresa. ¡Casi todo está errado! Ed. Norma, España, 1994, p. 54.
[22] Spendolini, Michael J., Benchmarking, Grupo Editorial Norma, México, 2005, p. 3
[23] Hood, Christopher y Jackson Michael, La argumentación administrativa (1991). Estudio Introductorio de Ricardo Uvalle Berrones, Ed conjunta del FCE, la Universidad Autónomo de Coahuila y el Colegio Nacional de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Anáhuac, México, 1997.
[24] En México, por ejemplo la Ley General de Contabilidad Gubernamental se aprobó desde 2008, como una política pública que busca, pues aún no se logra en muchos estados y municipios, homologar y consolidar la contabilidad en los tres niveles de gobierno. Algunos suponen que es un proyecto difícil “por lo grande de la administración pública en México”, sin embargo, olvidan que ello es posible en la propia banca, incluso antes de la revolución de la informática, con un alcance que cubre no solo sus finanzas, sino hasta el nivel de miles de cuentas-cliente al día-día de la operación.
[25] Así la concibe Luis Vázquez Cano en El control Gubernamental y la contraloría social mexicana. Una visión de la modernización en México, de. Ed. FCE, México, 1994
[26] En México, un ejemplo, son los buzones o líneas de quejas y denuncias ciudadanas, sobre las que como demandante no es fácil saber de su atención y seguimiento cuando no hay mecanismos de sistematización.
[27] Ensayo de Mayntz, Renate, Título original: New challenges to governance theory, European University Institute, The Robert Schuman Centre, Florence - Jean Monnet Chair Papers, n.º 50 (1998).

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