REFLEXIÓN EN TORNO A LA
MARCHA POR LA DEMOCRACIA
@Jeronimosalinas
La propaganda en torno
a la Marcha por la Democracia, #ElINENoSeToca,
programada para mañana 13 de noviembre, distorsiona la realidad. No sólo de la Reforma Electoral que propone el presidente
@lopezobrador_, sino del régimen socio político mexicano en todo su conjunto.
Si bien es innegable que la democracia que tenemos hoy es mucho mejor que la
del siglo pasado, y no debemos admitir retrocesos, lo cierto es que aún nos falta
mucho para construir una verdadera democracia en México.
No olvidemos que la
democracia es un ideal socioestatal que evoluciona histórica y permanentemente y
que, en el contexto de nuestra realidad nacional, es necesario consolidar el
siguiente paso hacia un régimen político de avanzada que nos ubique más cerca
de los países calificados como más democráticos, incluidos los escandinavos,
varias naciones de Europa Occidental, así como Corea del Sur, Taiwán, Canadá,
Australia, Uruguay y Costa Rica, entre otros.
Según el “Índice de
democracia” reciente «Democracy
Index 2021», un estudio practicado por la Unidad de
Inteligencia de The Economist (EIU
por sus siglas en inglés) desde el 2006, que trata de medir, en una escala de 0 al 10, el rango de la democracia en 167 países
con base en el desempeño gubernamental en torno a: “proceso electoral y
pluralismo, libertades civiles, funcionamiento del gobierno, participación
política y cultura política”; del total de los países analizados, solamente 21
son democracias plenas, mientras que
53 son defectuosas, 34 híbridas y 59 autoritarias.
En el caso de México se
evidencia cierto retroceso pues, de ser considerada como una Democracia defectuosa, en el lugar 71, con 6.19 puntos, en 2018; en 2021 pasó al lugar
86, con una calificación de 5.57 puntos y fue clasificada como un Régimen híbrido, lo que significa que combina elementos democráticos y
autoritarios, que padece más debilidades que las democracias defectuosas,
que la corrupción tiende a ser generalizada, que el poder judicial no es independiente
y que el Estado de derecho y la organización civil son débiles. La asumen como una forma de democracia popular, con
instituciones formalmente democráticas, pero que en realidad maquillan una
dominación autoritaria.
Estemos o no de acuerdo
con el estudio, como auditor profesional y servidor público de carrera me
consta que, al menos desde los ochenta, la simulación ha sido una constante
vergonzosa histórica de nuestros gobiernos. Para ningún científico o académico
social en México es desconocido que no sólo el INE, sino todos los organismos
constitucionalmente autónomos, incluso el Poder Judicial, cuyas funciones
sugieren cierto control del poder político para garantizar la justicia y los
derechos humanos, o bien, para regular actividades estatales de alto nivel
estratégico, están frecuentemente expuestos a la subordinación sexenal de un
presidencialismo exacerbado, al “ejercicio del Supremo Poder Ejecutivo de la
Unión en un solo individuo” (CPEUM: Art. 80) y sujetos al absolutismo de un régimen
cuasi omnipotente que alimenta la
zozobra de que, de pronto, se imponga la voluntad de una persona por encima del
pueblo. Sin embargo, ello no ha sido, es, ni será, culpa de presidente (a) alguno
(a), sino de la estructura institucional, del régimen político y de la
administración pública que nos negamos a racionalizar, fortalecer y modernizar.
Es cierto que México
cuenta hoy con un sistema electoral sólido que implica un enorme esfuerzo
logístico y político, pero también lo es que no sólo está sometido a un
abstencionismo latente, al mayoriteo legislativo, al control de las minorías y
a las contingencias naturales como la epidemia reciente por COVID-19, sino a
una alta presión del gasto al ser considerada una de las democracias más caras
del mundo en un país donde casi la mitad de la población vive en condiciones de
pobreza y, más lamentablemente aún, a la violencia e inseguridad crecientes y
la pérdida del control político y territorial frente a las mafias del crimen
organizado.
Sin embargo, asumiendo
que los derechos humanos están por encima de las leyes y son obligaciones de toda
autoridad, esas rupturas o capturas pueden ser reducidas hasta lograr el
rescate y el control de nuestras instituciones si apelamos a la conciencia
individual, a nosotros mismos como sujetos de derechos y actores sociales obligados, al mismo tiempo, de que algo debemos hacer, para recuperar la unidad y
garantizar la estabilidad, la seguridad y el desarrollo del Estado, de la
nación que aspiramos todos y les debemos a nuestras hijas e hijos.
En ese sentido, lo prudente sería valorar
y aprovechar la Reforma Electoral propuesta en todo lo que implica y se
justifica para reducir el número de diputados, senadores y consejeros
electorales; redefinir el mecanismo de elección de consejeros y magistrados electorales;
reducir el financiamiento público a partidos políticos, los tiempos de
propaganda política en radio y televisión; disminuir la participación de la
consulta popular, para que sea vinculante; eliminar los órganos electorales
locales; e implementar el voto electrónico. Sobre todo, para encontrar
mecanismos de control y equilibrio del poder más efectivos, racionalizar la funcionalidad
y las estructuras de organización de las instituciones fundamentales del Estado
y organismos con cierta autonomía constitucional para garantizar la mayor independencia,
imparcialidad y objetividad en las tareas de procuración e impartición de
justicia, derechos humanos, transparencia, rendición de cuentas y fiscalización
gubernamental; así como para fortalecer las tareas políticas y de seguridad de los municipios.
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