DISCURSO CON MOTIVO DEL DÍA INTERNACIONAL
CONTRA LA CORRUPCIÓN
Hoy, 9
de diciembre, celebramos el Día Internacional contra la
Corrupción, una resolución de las Naciones Unidas con la finalidad de aumentar la
responsabilidad civil respecto a ese grave desorden social (A/RES/58/4, del 31
de octubre de 2003).
En México, es loable el
impulso de la sociedad civil en torno a la creación del Sistema Nacional
Anticorrupción. Un valioso esfuerzo de gobernanza pública que, por primera vez,
colocó a los ciudadanos al frente de los órganos constitucionales autónomos más
importantes del país en materia de transparencia, rendición de cuentas, control
interno, fiscalización superior, procuración e impartición de justicia.
Sin embargo, hoy, además de la grave crisis de salud y pobreza, los
mexicanos vivimos en medio de escándalos, no sólo de corrupción, sino de impunidad,
vergonzosos.
Más allá del enorme costo de la corrupción, que se estima nos cuesta
hasta 10% del PIB cada año, lo que más nos lastima es que la mayoría de las
veces ese terrible delito no se denuncie y quede sin castigo.
El hecho es que en México, desde las más altas esferas del poder
político y económico, hemos sido brutalmente abusados por la corrupción, ya sea
pública o privada.
Muchos hemos sido y somos víctimas de una corrupción recurrente
solapada por las propias autoridades políticas a las que les hemos dado,
sexenio tras sexenio, las llaves del gobierno.
Pero, sin duda, la corrupción que más nos lastima a todos es la que se comete
dentro de los sistemas de seguridad pública, de seguridad nacional, de
procuración y de impartición de justicia, los órganos garantes en los que
confiamos y, suponemos descansa, el valor ético supremo de toda sociedad: el
estado de derecho.
Es la desconfianza en esas importantes instituciones lo que ocasiona
que solo 1 de cada cuatro delitos sea denunciado, y que del 100% de ellos sólo uno
sea castigado. El que sean los pobres, quienes menos tienen, los que sean
condenados aprovechándose de su necesidad económica.
Por ello, para que exista un verdadero combate a la corrupción, nosotros
insistimos y proponemos:
·
Primero,
debemos comenzar por abatir la impunidad, las deficiencias de organización,
procedimentales y de control interno que existen al interior de los sistemas de
seguridad, procuración e impartición de justicia del país;
·
Segundo, racionalizar los mecanismos de gobernanza
institucional en materia de información contable, transparencia, rendición y
fiscalización de cuentas gubernamental;
·
Tercero,
establecer mecanismos de control jurídico y administrativo para reducir los amplios márgenes de discrecionalidad y evitar la
arbitrariedad y al abuso del poder en el ejercicio del gobierno; y
·
Cuarto, fortalecer los mecanismos de
supervisión y de prevención de riesgos, de equipamiento tecnológico, cámaras de
vigilancia e inteligencia administrativa, sobre los servicios públicos directos
a la población.
Esa es nuestra propuesta,
La corrupción, la impunidad y la desconfianza en el gobierno están
directamente relacionadas con el control del poder de nuestro régimen
político.
El monopolio de la ley, más que en el derecho de la autoridad a
aplicarla, radica en los límites o mecanismos de control del poder para condicionar
el ejercicio del gobierno.
Un gobierno impasible frente a la injusticia, la anarquía y la
corrupción, es campo fértil para la inseguridad y la impunidad, la tierra de
nadie.
Para que las políticas públicas se ejecuten, no basta el simple deseo o
el decreto, se necesitan conocimientos sustentados en las ciencias sociales y
servidores públicos éticos y profesionales comprometidos con la sociedad.
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